viernes, 8 de diciembre de 2017

Ojos verdes

Ojos verdes como la albahaca, dice la canción y es tal cual. Miro esos ojos y me sumerjo entre los plantíos de albahaca. Huelo, a bocanadas, el refrescante y botánico olor de mi amado.
Como la albahaca, él es piel salina y es sabroso, suave al tacto, macizo cuerpo de untuosos músculos. Me dejo llevar. Mi mano se desliza por toda su anatomía fuerte. Nos embriagamos con el excitante aroma a albahaca y ahora es áspero sabor de sus labios sedosos, hasta que los cuerpos quedan exhaustos de amor y reposan.
Ese olor relaja los músculos de los amantes que yacen en silencio. El verde de sus ojos está tornándose azul intenso, cuando la noche los cubre.

Ya es hora de preparar la cena. Hoy, un rico pesto con albahaca, ajo, aceite de oliva, nueces y queso. La pasta está servida. ¡A recuperar energías!

domingo, 3 de diciembre de 2017

Evolución

Los tres elementos se funden en una sola imagen: el amonites, la cinta de Moëbius y el hombre del futuro. No puedo evitar pensar en la evolución de las especies.
Un amonites de la Era Mesozoica, ya extinto en el Cretásico, se expone en la vitrina de una lujosa joyería, obra maestra del orfebre.
La cinta de Moëbius, ese raro objeto geométrico, casi mágico, sigue siendo una incógnita y aunque los matemáticos se esfuercen en complicadas ecuaciones, siguen las incertezas.
Desde el hombre de Neandertal, al Homo Sapiens, hasta llegar al hombre del futuro, se sucedieron las teorías; el pensamiento científico y la Teología no logran acordar.
En el cuadro, la cinta tiene en un extremo un amonites y en el otro, al hombre del futuro. Los abraza.

En la sala de exposiciones de una coqueta galería, dos visitantes observan. Desde la izquierda, Darwin, y desde la derecha, Dios.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Lágrimas de cocodrilo.

En los pueblos petroleros, donde abundan hombres solos, siempre se instalan uno o varios cabarets, dependiendo de la densidad poblacional. Es que los hombres que desarrollan esa dura tarea en el desierto, necesitan momentos de esparcimiento. 
Los hay (me refiero a los cabarets) de diferentes categorías. Unos son de lujo, como si hubiesen sido creados para atender los caprichos de los jeques árabes. Y otros, son "piringundines" de mala muerte, al que concurren los obreros de menores recursos. Ambos, (me refiero al tipo de hombres) desean recibir los servicios de atención sexual, a cargo de mujeres que se ofrecen a cambio de dinero.
En la Avenida del Trabajo, el almacén de Ramos Generales, "El cedro del Líbano" vende productos necesarios de todo tipo, como pan, yerba, mamelucos de trabajo, alpargatas. Asimismo, "Women" a pocos metros, en horario nocturno, ofrece a sus clientes los servicios de los que antes hablaba, desde las luces parpadeantes de neón.
A este último local concurrí una vez con mi esposo, porque los muchachos de la empresa habían sido invitados para asistir al show de la cantante y bailarina brasilera, que andaba de gira.
La cuestión fue que, acodados en la barra, se nos acercó una "copera",; así se las llama a las chicas que, por una copa y unos billetes, venden su cuerpo. Raras veces, son cuerpos esbeltos y rozagantes; la mayoría de las veces, se trata de cuerpos maltratados por el tiempo y la miseria.
-Yo no elegí esta profesión -me dijo Denise, entre lágrimas, que se acababa de presentar. -Es la vida la que me trajo por estos lares.
La miré con indiferencia, porque no creía en sus lágrimas de cocodrilo, que se derramaban por unas mejillas resecas como el aire del desierto y por el cuello arrugado, disimulado con una bijouterie de fantasía. Con una mano como zarpa, se recompuso el maquillaje que comenzaba a borronearse. Y continuó.
-Tienes una linda mujer, muchacho, podríamos compartirla. ¿QUé te parece? -Eso le sugirió a mi esposo, como si yo fuera una mercancía de trueque.
Él se quedó mirándola con los ojos bobos de beodo y yo salí corriendo, a respirar el aire puro de la noche. Nadie me siguió y me quedé llorando con auténticas lágrimas de soledad y congoja. 
Me desperté con las estampidas, los frenazos, la gritería y los botellazos contra los adoquines. Una trifulca se había armado. Eran las 6 de la mañana. Escuchaba todo perfectamente desde mi cama, que daba a la pared lindera de un café, situado justo enfrente del cabaret.
-Lo que pasa es que la brasilera no se andaba con chiquitas. Provocaba a todos, y así quedó, tirada en la calle, hasta que llegó la ambulancia -Reconocí la voz de Paco, el mozo del bar, que conversaba con los parroquianos.
-Enseguida se vació el boliche cuando vino la cana, hizo la razzia y se llevó a los clientes borrachos, a dormir la mona a la comisaría. -Supe entonces, que mi marido estaría con sus amigotes.
-Me parece que ésta va a terminar como las otras que pasaron por acá.- Me acordé del caso de la chilena que dejaron en la punta de riel, justo en la frontera.
Antes de dormirme dudé y reflexioné sobre las lágrimas de cocodrilo de Denise, que así califiqué tan prematuramente. ¿O sería tan dramática la vida de las chicas del cabaret?

domingo, 22 de octubre de 2017

Hay miradas...

Hay miradas que endulzan el agua de los colibries y que nos hacen degustar instantes de mermelada y miel.
Hay miradas que guiñan un ojo y nos invitan a aventuras compartidas por caminos polvorientos, por senderos escabrosos y que nos llevan, finalmente, a volar por un cielo de primavera.
Hay miradas complices que derriten los glaciares, que sofocan las verguenzas y provocan impudicias.
Hay miradas abrasadoras que nos abrazan sin mesura hasta sonrojar las mejillas y conmover la compostura.
Hay miradas tan profundas que silencian el jolgorio de los päjaros y detienen el tr{afico citadino.
Hay miradas que se pegan a la piel, que mitigan el dolor y nos besan la frente.
Hay miradas insolentes y perversas en sospechas o desconfianza y no son joyas genuinas.
Hay miradas que estallan en el instante furibundo y, sin permiso, lanzan la flecha envenenada de odio y de desdicha. 
Y yo, sibarita, carpe diem y buen gourmet, me siento a la mesa, me sirvo una ensalada de ojos-perlas, pardos, azules, verdes, cafe o negros, los condimento y los saboreo, pero dejo en el borde del plato las perlas negras falsas, esas libidinosas e indigestas. 

martes, 17 de octubre de 2017

Estrategias escolares

Evaluación de Historia. Fin de trimestre. En primera fila, entreabro las piernas para que el profesor Lanza vea mi bombacha blanca. Sostengo la mirada en sus ojos y humedezco lentamente mis labios.
Hablo de Frederick II y sus amoríos con Voltaire; corren desnudos por el Parque Sanssousi.
Bizco ya, estampa un aprobado en la planilla, y ya.

Anécdotas y transgresiones

Saltar por la ventana a la siesta veraniega.
Pedalear con los pelos al viento.
Callejear montada a la grupa de la burra Catalina.
Enjugar el sudor en el calor calcinante.
Correr por la pradera y acariciar a la oveja negra.
Sumergirse en la laguna, cazar ranas y quitar los huevos rosados adheridos a los juncos.
Disfrazarse de señorita frente al espejo.
Robar los tacones y la cartera de la hermana mayor.
Maquillarse como una pared llena de graffities.
Hurtar ciruelas de la frutería y correr.
Trepar al manzano y morder el fruto prohibido.
Retornar y volver en puntas de pie, entrando por la puerta trasera, sin que se descubran las travesuras.
Infancia feliz.

Tu ausencia

Mirar el horizonte hueco con mis ojos miopes.
Beber la sangre negra de una cicatriz a medias.
Hablar a solas con el viento gélido.
Escudriñar en las aguas quietas de una poza oscura.
Palpar la chapa fría de la indiferencia.
Gritar tu falta contra el paredón y el eco.
Claudicar, detenerme y retomar la ceguera de una búsqueda sin chances.
Saborear el tilo de la soledad y el vino.
Sentir el aroma sideral del polvo de estrellas.
Huir entre las grietas de la tierra cuarteada y sedienta.